La Construcción de un concepto
Hablar de un “ecosistema emprendedor” en México es referirse a una construcción institucional y cultural relativamente reciente, aunque sus raíces económicas se hunden en las transformaciones estructurales de la segunda mitad del siglo XX. Históricamente, la actividad empresarial en México estuvo reservada a grandes conglomerados familiares o al Estado mismo. No fue sino hasta las últimas décadas que el concepto de startupo emprendimiento de alto impacto emergió como una categoría económica diferenciada del comercio tradicional. Este análisis rastrea la evolución histórica del emprendimiento en México, no como una generación espontánea de talento, sino como el resultado de una dolorosa transición de un modelo proteccionista a una economía abierta, catalizada por la intervención de la “triple hélice” (gobierno, academia e industria) y consolidada por la revolución digital. Para comprender el presente, es primordial separar las etapas: el modelo de sustitución, la apertura neoliberal, la institucionalización de la política pública y la madurez digital actual.
El Estado rector y el “Modelo I.S.I” (El milagro mexicano)
Para entender el nacimiento del ecosistema, primero debemos entender su ausencia. Durante el periodo conocido como el “Milagro Mexicano”, el país operó bajo el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (I.S.I). La lógica económica dictaba que el país debía producir lo que consumía, protegiendo a la industria nacional mediante altos aranceles (Cárdenas, 2015). En esta etapa, el “emprendedor” no existía en el imaginario colectivo como un agente de innovación disruptiva. El actor central era el industrial protegido por el Estado. La creación de empresas estaba supeditada a las relaciones corporativistas y a la concesión gubernamental. Según Hansen: la movilidad social empresarial era limitada; las nuevas empresas surgían casi exclusivamente dentro de las redes de las élites económicas establecidas. No había incentivos para la innovación radical porque el mercado estaba cautivo. El financiamiento provenía de una banca nacionalizada o de capital familiar, donde por supuesto era inexistente el concepto de “capital de riesgo”. Este periodo legó una cultura empresarial conservadora y aversa al riesgo, características que tardarían décadas en erosionarse.
El choque de apertura y la semilla de la competencia
El colapso del modelo anterior y la crisis de la deuda marcaron el fin de la economía cerrada. La década de los 80, conocida como la “Década Perdida” en crecimiento, fue paradójicamente fundacional para el espíritu empresarial moderno. La entrada de México al GATT en 1986 y la firma del TLCAN en 1994 cambiaron las reglas del juego. Por primera vez, las empresas mexicanas se vieron obligadas a competir con productos extranjeros en su propio suelo. Esto generó una selección natural: las empresas ineficientes perecieron, pero surgió una nueva clase de empresarios obligados a buscar eficiencia y calidad. Lustig (1998) señala que esta apertura forzó una reestructuración industrial que, aunque costosa socialmente, modernizó el aparato productivo. Sin embargo, el ecosistema emprendedor como tal aún no nacía; la innovación era importada y el enfoque gubernamental seguía en la manufactura.
La incubación y el surgimiento de los intermediarios

El verdadero nacimiento del ecosistema moderno puede fecharse a principios del siglo XXI. La alternancia política del año 2000 trajo consigo una visión más enfocada en la MiPyME, con la creación de la Subsecretaría para la Pequeña y Mediana Empresa y el Fondo PyME. Pero más allá de la política pública, el cambio cultural vino de la mano de nuevos actores. La llegada de Endeavor a México en 2002 introdujo conceptos como “alto impacto”, escalabilidad y mentoría, diferenciando por primera vez al emprendedor dinámico del negocio de subsistencia.
Es fundamental señalar que este despertar no ocurrió en el vacío; respondía a un contexto internacional vibrante impulsado desde Silicon Valley. Aceleradoras como Y Combinator comenzaron a redefinir las reglas del juego a nivel global, estandarizando modelos de inversión temprana y validación rápida que pronto serían replicados en Latinoamérica. Figuras y entidades clave en el escenario mundial demostraron que la tecnología podía escalar negocios a velocidades inéditas, inspirando a una primera generación de mexicanos a mirar más allá de la manufactura tradicional.
A la par de este auge tecnológico, el sector de servicios profesionales también comenzó a transformarse. Las firmas legales y de consultoría tradicionales, con sus estructuras rígidas y burocráticas, resultaban insuficientes para la velocidad que requerían las startups. Fue aquí donde el mercado exigió una evolución: la asesoría profesional tuvo que adaptarse para dominar los esquemas legales, operativos y de levantamiento de capital de estas nuevas generaciones de empresas. En este nicho es donde firmas como Onthia encontraron su lugar, actuando no solo como gestores, sino como traductores entre la rigidez normativa y la transición a un entorno de procesos digitales y sistemáticos que brindan agilidad para el proceso de emprendimiento, facilitando la operatividad en un entorno de alta incertidumbre y lentos avances burocráticos.
La academia también jugó su rol. El Tecnológico de Monterrey y otras universidades establecieron redes de incubadoras que elevaron la tasa de actividad emprendedora temprana (GEM, 2010), aunque en ese momento el ecosistema seguía inmaduro: sobraban incubadoras pero faltaba financiamiento inteligente.
El institucionalismo y la Madurez Digital
El sexenio 2012-2018 representó el esfuerzo más articulado del Estado con la creación del INADEM, que si bien tuvo detractores, inyectó capital semilla y fomentó la creación de fondos de “Venture Capital” donde antes no existían. Esta base institucional, sumada a la penetración masiva de internet y los smartphones, preparó el terreno para el “boom” actual. En los últimos años, hemos sido testigos del resultado de este largo proceso con el surgimiento de los “unicornios” mexicanos. Empresas como Kavak, Bitso y Clip no solo alcanzaron valuaciones multimillonarias, sino que validaron a México como un destino de inversión tecnológica global. A este fenómeno se suman casos de éxito rotundo como Billpocket, que transformó la democratización de los pagos electrónicos y demostró que la innovación financiera mexicana es capaz de atraer adquisiciones estratégicas de talla internacional. Estas empresas rompieron el orden establecido obsoleto, probando que desde México se puede innovar a gran escala.
Conclusión
La conformación del ecosistema emprendedor en México es un fenómeno reciente que resulta de una compleja evolución histórica, transitando desde el proteccionismo estatal hasta la integración global digital.
El cambio de paradigma inició con hace tres decadas, cuando la administración pública y la academia comenzaron a gestar una cultura emprendedora incipiente a través de incubadoras universitarias y la llegada de organizaciones internacionales, aunque el sector padecía una crónica falta de capital inteligente. La verdadera detonación estructural ocurrió entre 2013 y 2018 con la creación del Instituto Nacional del Emprendedor (INADEM) y la promulgación de la Ley Fintech, políticas públicas que inyectaron capital de riesgo mediante fondos de coinversión y otorgaron certeza jurídica, sentando las bases para la profesionalización del sector.
Actualmente, y pese al retiro del apoyo gubernamental directo a partir de 2019, el ecosistema ha alcanzado una etapa de madurez forzada caracterizada por el surgimiento de los primeros “unicornios” tecnológicos. Este éxito reciente no es casualidad, sino el producto de la convergencia de un bono demográfico con talento técnico STEM, la influencia directa y transferencia de conocimientos desde Silicon Valley, y la capacidad de las startups para capitalizar las fallas históricas del mercado tradicional mexicano, ofreciendo soluciones digitales eficientes ante la baja bancarización y la deficiente infraestructura logística. Hoy, el surgimiento de una nueva generación de servicios altamente especializados y competitivos, como los que ofrece Onthia, es prueba de que el ecosistema no solo demanda software, sino también una infraestructura legal y operativa capaz de moverse a la misma velocidad que la innovación. México ya no solo manufactura; ahora diseña, emprende y escala.
Referencias Bibliográficas
- Asociación de Emprendedores de México (ASEM). (2022). Radiografía del Emprendimiento en México 2021: Edición Mujeres. ASEM.
- Asociación Mexicana de Capital Privado (AMEXCAP). (2019). Panorama de la Industria de Capital Privado en México: Evolución y retos. AMEXCAP.
- Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES). (2021). Anuario Estadístico de Educación Superior. ANUIES.
- Cárdenas, E. (2015). El largo curso de la economía mexicana: De 1780 a nuestros días. Fondo de Cultura Económica.
- Diario Oficial de la Federación. (2018, 9 de marzo). Ley para Regular las Instituciones de Tecnología Financiera. Gobierno de México.
- Global Entrepreneurship Monitor (GEM). (2010). Reporte Nacional México 2010. Tecnológico de Monterrey / GEM Consortium.
- Hansen, R. D. (1971). La política del desarrollo mexicano. Siglo XXI Editores.
- Kantis, H., Angelelli, P., & Moori, V. (2016). Emprendimientos dinámicos en América Latina y el Caribe: La evolución de los ecosistemas. Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
- Kantis, H. (2020). Condiciones sistémicas para el emprendimiento dinámico en América Latina: Novedades y tendencias. Prodem.
- Lustig, N. (1998). Mexico: The Remaking of an Economy. Brookings Institution Press.
- OCDE. (2017). Estudios del Centro de Desarrollo: Start-up América Latina 2016: Construyendo un futuro innovador. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.





